Esta jugada de aceptar en la Iglesia Católica a sacerdotes anglicanos aunque estén casados, puede salirle bien cara al Papa Benedicto XVI.

Parece una especie de retaliación. O de movida oportunista, pues al parecer busca que los sacerdotes anglicanos que están descontentos con su iglesia -la oficial de Gan Bretaña- por la consagración de mujeres obispas, decidan ingresar al catolicismo con las mismas garantías y estatus que tienen en la actualidad en su vida y su ministerio.

Ya esto lo ha hecho, a su manera, la Iglesia Anglicana. Es decir, recibe sacerdotes católicos que quieren casarse o que se han casado. Pero esta acogida se da en un contexto preciso: como el catolicismo obliga a sus sacerdotes y religiosos al celibato, el anglicanismo no tiene problemas teológicos con el tema. Es más, lo admite sin obstáculos.

En cambio, Benedicto ha aprobado una norma excepcional para aprovechar cierto descontento minoritario entre los clérigos anglicanos por un asunto diferente al matrimonio. Lo que además hace suponer que los sacerdotes anglicanos que toquen a las puertas de la Iglesia de Roma serán los más conservadores y retrógrados de la Iglesia de GB.

Pero lo de veras interesante en estas jugadas es que el Papa Benedicto ha abierto -sin quererlo o no, aún no lo sabemos-un boquete en la posición tradicionalmente intransigente del catolicismo en cuanto al celibato. Es decir, si ahora reciben sacerdotes anglicanos casados, recibirán de vuelta sacerdotes católicos que se volvieron anglicanos para poder casarse? O permitirán que los sacerdotes católicos puedan casarse, quizás a cambio de renunciar a algunas prebendas como, por ejemplo -y ya se ha insinuado- llegar a ser obispos?

De La Urbe no solo ha sido un laboratorio de periodismo durante 10 años. No solo un espacio para aprender haciendo. No solo un periódico independiente y con frecuencia retador, al servicio de Medellín y de la más amplia comarca conocida como Valle del Aburrá. De La Urbe ha sido un nicho de trabajo, de discusión, de crecimiento, de consolidación de los afectos.

Estoy hablando del periódico universitario de la Facultad de Comunicaciones, de la Universidad de Antioquia. Estas dos dependencias han sido visionarias, por lo menos en esto: apoyar sin condiciones la producción y circulación gratuita de un periódico crítico, vuelvo a decir independiente, que no le hace venias a nadie porque toque, porque sea autoridad, porque esté de moda o porque obligue. Y eso ha permitido hacer el mejor periódico universitario del país, sin desconocer muchas otras publicaciones.

Mi paso de poco más de dos años y medio por De La Urbe fue una  maravilla. A pesar de las limitaciones presupuestales y de los pequeños obstáculos de cada edición. Fue una experiencia sin igual, regeneradora, cuestionante, capaz de mantenerme alerta, vivo, interesado cada día. Y fue la oportunidad de acercarme a una serie de personas maravillosas, adultos y jóvenes, profes y estudiantes, todos apasionados de una profesión que amamos aunque nos duela.

De la Urbe fue lo mejor que me pasó en la de U. de Antioquia. Gracias.

La vida cotidiana en el Juan XXIII está regida por otra autoridad. Oscura y letal.

Juan XXIII es un barrio de la Comuna 13, en Medellín. Queda en la ladera donde está anclada la primera estación del metrocable de Pajarito, en el centro occidente de la ciudad. Estrenan transporte y escuela. Y también una especie de nuevos dueños que determinan sus vidas.

A las casas han llegado panfletos en manos de mensajeros anónimos. Dicen, por ejemplo, que no puede estar nadie en las calles en las noches. Sobre todo los jóvenes. Que las mamás deben llevar a sus hijos a la escuela y las que “no trabajan” han de regresar a la casa, derecho. Que deben salir bañadas y no pueden usar minifaldas ni pantalones cortos.

Incluso a la escuela han llevado panfletos. Y los maestros tienen qué quedarse callados. Y si algún niño comete una falta de conducta grave, ellos enviarán a alguien que haga un “taller” de disciplina. Y así.

Juan XXIII vive bajo las reglas de una autoridad que se esconde de los ojos de los pobladores pero que llena de miedo la vida diaria, la hace mísera.

La Policía debe saber de estas cosas. El Acalde debe saber de estas cosas. Pero nadie dice nada. Allá, en el barrio, por temor fundado. Tampoco en las oficinas de las autoridades, por no propagar la sensación de inseguridad. Pero todos los ciudadanos sabemos lo que ocurre. En el Juan XXIII y en muchos otros barrios de la ciudad. Y no tenemos idea de adónde iremos a parar.

La columnista Claudia López fue retirada de El Tiempo de una forma “clásica”, es decir, a gorrazos. Sin estilo. Sin respeto. Simplemente se sintieron agredidos por su columna del martes y le colocaron una especie de postdata desagradable y casi ofensiva, en la que le aceptaban una renuncia que ella no había presentado. Y les avisaron, a ella y a todos los lectores, a través de eltiempo.com

El motivo: Claudia López escribió contra el periódico. Y al parecer, lo más grave, contra el director. Les dijo que no habían informado equilibradamente en el caso de Agro Ingreso Seguro, pues se parcializaron contra el ex ministro Arias para favorecer a alguien de la “casa”, al ex ministro Santos.

El periódico -si de veras es liberal como se proclama y democrático como dice pensar- debió manifestar su desacuerdo públicamente y contestarle punto por punto a López.  Desbaratarle sus argumentos si era posible. Aceptar el debate. Pero no. La reacción fue como de niño malcriado. Primaria y torpe. Porque revela además que para tanta ira era porque había pisado callos.

Una empresa privada, como El Tiempo, tiene derecho a prescindir de una columnista. Aunque sea tan brillante como Claudia López. Pero una empresa periodística que se las da de liberal y librepensante, que ha prometido respetar la diversidad cultural, la liberad de pensamiento y de palabra, que se permite las columnas de Fernando Londoño Hoyos y de José Obdulio Gaviria -que supuestamente también van contra la forma de entender la política y la visión del mundo de ET- no podía renunciar así no más a su ideario. Si es que va más allá del dinero.

Tres de los ex policías acusados de haber asesinado a tres jovencitas de La Estrella, en mayo pasado, admitieron su culpa. Fueron acusados de desaparición forzada y homocidio agravado. Eso significa que les rebajarán la pena a la mitad. Como el acuerdo con la fiscalía dice que al mayor Manrique sería condenado a 28 años, quiere decir que le quedarían en 14. Los otros pagarían menos porque apenas resultaron ser cómplices. Lo peor de todo es que dos de las jóvenes eran menores, lo que convierte ese delito en crimen de lesa humanidad. Ahí no podría haber rebaja entonces. Todo queda en manos del juez, quien se pronuncia en noviembre. Las mamás -porque los papás han estado ausentes- piden justicia y que les digan dónde están los cadáveres de sus hijas.

No pueden aumentarles las penas -volver al total- por no revelar los detalles de la muerte y el sitio?

Eso es justicia?

Mi amigo y líder de Convergentes-Hiperbarrio, Álvaro Ramírez Ospina, ha publicado esta nota en su blog Ojo al Texto:

Estoy un poco aturdido. Me concentro y trato de visualizar la modesta y hermosaBiblioteca de La Loma, sus estantes, las mesas y las sillas donde niños y grandes se sientan a diario a leer, a consultar libros, y a conversar.

Alcanzo a imaginar los computadores apagados y en la noche. Un par de intrusos llegan y logran penetrar por el techo. Entran con linternas y comienzan a sacar cosas: un PC, varias pantallas de computador, una cámara digital. Encuentran la caja menor con algun dinero y finalmente la estatuilla dorada de la diosa Nica, el preciado galardón que recibimos de Prix Ars Electrónica. Empacan todo en costales y huyen sigilosos.

A la mañana siguiente llegan Gabriel Jaime y los otros empleados y encuentran el desastre. Un robo consumado. Un asalto a la comunidad de La Loma y un golpe duro para la Biblioteca Pública Piloto que ha venido dotando, con gran voluntad y paciencia a la filial más antigua de su extendida red de bibliotecas públicas: es decir gratuitas y abiertas para que todos podamos acceder a sus servicios.

Hoy Gabriel Jaime me manda un correo lacónico, contándome su sentimiento de frustración e impotencia. Yo cierro los ojos. Una sensación de tristeza muy menuda empieza a invadirme. Pienso en el daño que eso representa. En las personas que se van a perjudicar por no poder acceder gratis a los computadores. De nada me sirve gritar. Estoy un poco aturdido. Me concentro y solo veo oscuridad. El daño ya está hecho. ¿Cómo repararlo?

M. SosaMercedes Sosa llenó muchas horas de mis días y noches. Desde comienzos de los 70. Con entusiasmo y paciencia fui consiguiendo sus discos. Primero en casetes, pues era bien difícil acceder a los long play, y después en acetatos. Uno a uno los encargábamos a viajeros y seguidores. El mercado de las grabaciones de La Negra era restringido, pues las disqueras nacionales no se interesaban en ella. Sólo cuando ya era evidente su fuerza, su caudal de admiradores y el efecto masivo de sus canciones, aparecieron en Colombia las grabaciones.

Los medios tampoco le prestaban atención entonces. Les resultaba a muchos una artista de izquierda y eso les causaba erisipela. Sus letras reveladoras y con frecuencia llenas de mensajes sobre las pobres realidades y las injusticias sin cuento en América Latina, podrían parecerles peligrosas. Pero todos -disqueras y medios- se olvidaron de ello cuando Mercedes Sosa saltó por encima de todas las barreras y discriminaciones, en especial hacia el fin de su exilio en Europa, donde había ido a refugiarse ante las tenebrosas y repetidas amenazas de la vieja Triple A argentina, una especie de cuerpo paramilitar al servicio de la dictadura.

Ahora, ya cargada de logros y reconocimientos, Mercedes se ha ido. Yo la dejé de oír por años pues me había saturado. Apenas ahora vuelvo a escuchar algunas de sus canciones de los 80, para mí las mejores. Se ha ido pero su rastro en mi vida -y en la de muchos de mi generación- queda como una marca de hierro candente.

Hoy hace 36 años los militares chilenos levantados en armas y siguiendo las órdenes histéricas del general Agusto Pinochet, atacaron el Palacio de la Moneda, en Santiago, y mataron al presidente Salvador Allende.

La oposición cerrada de los más conservadores, apoyados por los militares y con el guiño de la Embajada de E.U., no permitieron el ejercicio de un médico que había dedicado su vida a la política, bien conocido por sus ideas progresistas de corte marxista, pero profundamente democrático. Allende fue el primer presidente marxista electo en el mundo occidental. Y no pudieron, llenos de miedos, perdonarle ese título.

Las transmisiones de radio, las pocas imágenes de TV y las profusas fotos de la prensa, dieron cuenta de aquel ataque y de ese atentado contra un líder sereno y cuerdo y su gobierno en favor de los más pobres. Ese era el cuento.

Hoy, al parecer, tan solo en Chile recuerdan la fecha y rehacen la imagen de un hombre digno. Pero con seguridad, muchos latinoamericanos con suficiente edad lo tenemos aún fresco en la memoria.

Berlín se acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias a la Cordialidad. Buena esa por la ciudad que celebrará en noviembre los 20 años de la caída del muro. Del muro de la infamia.

Recuerdo perfectamente esa vez cuando subí las escaleras de una torrecilla de observación, en el lado occidental de la ciudad, al pié del muro, para ver aquello. Porque el muro no solo era tal sino que estaba complementado, del lado oriental, con una calle ancha y repleta de obstáculos y alambradas para que  ningún vehículo ni persona pudieran intentar siquiera atravesarla y alcanzar la libertad o la muerte.

Ese muro era no solo el símbolo de la guerra fría, como dicen los medios ahora. Era el símbolo de la crueldad y del miedo, de la vida convertida en cárcel obligada, del poder sacrosanto sobre la vida de la gente, sobre todo. Y era una división abominable de una ciudad hermosa y de miles de familias que sentían su vida partida, dirigida por dictaduras a nombre del pueblo y aceptadas por los “Aliados” en nombre de la libertad.

Me duele aún ese muro. Me duelen las muertes brutales de muchos que en su desesperación perdieron su vida allí. Y me molesta que se me hayan quedado con una piedra de ese muro que alguien me trajo años después desde Alemania. Ese pedazo de roca encementada -símbolo de opresión- que presté en Bogotá para una exposición.

Otros muros crecen obsesivamente hoy en otras partes del mundo para separar a las personas. Los del poder contra los desposeídos.

La sala penal del Tribunal Superior de Medellín, el juzgado 10 penal de Medellín, mas la juez Yamith Martínez Ruiz -quien acaba de tomar una decisión leguleya- serán los corresponsables del próximo crimen de Robert Alexander López, quien asesinó y descuartizó a la sicóloga Marjorie Kisner.