Una fecha como esta remite necesariamente a la realidad más dolorosa. En Medellín han sido asesinadas este año cerca de 100 mujeres, por ejemplo.
Hace algunas décadas era impensable, excepcional y escandaloso que alguna mujer resultara involucrada en un delito. Hoy es pan cotidiano. El acceso lento y tortuoso al mundo de lo público -dominado por los varones- ha metido de cabeza a las mujeres en lo peor de esta sociedad guerrerista, amante de la mano dura y proclive al delito como forma de subsistencia o de salirle al paso a las leyes.
Y muchas mujeres se encontraron sin defensas en ese enfrentamiento. Sobre todo las de orígenes más humildes. Obiamente se instalaron algunas en el poder, en cualesquiera de sus sorprendentes formas, y desde allí encontraron oportunidades para manipular y hacer parte de ese grupo gigantesco de ladrones de cuello blanco que se roban el país en cada vigencia y durante cada mandato omnipotente. Pero las más, la mayoría de las que han parado en las cárceles o caído en las calles, muchas de ellas apenas sobrevivientes, se dejaron enredar en las tristes ambiciones del delito callejero, de la droga, de la militancia paramilitar, y tenemos a veces sus cuerpos sin vida como resultado de estos cambios indigestos.
El país tiene a la mayoría de sus mujeres abandonadas. Los cientos de miles de madres cabeza de familia hablan de la total falta de responsabilidad de muchos hombres. Y de la incapacidad del Estado para controlarlos. Las mujeres desplazadas, que son la mayoría, esperan en vano la mano de un Estado que apenas entiende de fusiles, de una falsa seguridad y de una falsa democracia.
Pero no. En Colombia se atienden con eficiencia -relativa- todos los frentes de la guerra. Desde la que se libra en las montañas hasta las que se calculan desde las oficinas de los gobernantes y entre los representantes de los poderes públicos.
Las mujeres no cuentan. Tal vez cuando se convierten en cifra que le sirva al establecimiento para darse aires.
Mercedes Sosa llenó muchas horas de mis días y noches. Desde comienzos de los 70. Con entusiasmo y paciencia fui consiguiendo sus discos. Primero en casetes, pues era bien difícil acceder a los long play, y después en acetatos. Uno a uno los encargábamos a viajeros y seguidores. El mercado de las grabaciones de La Negra era restringido, pues las disqueras nacionales no se interesaban en ella. Sólo cuando ya era evidente su fuerza, su caudal de admiradores y el efecto masivo de sus canciones, aparecieron en Colombia las grabaciones.

