Hoy le tomo prestado a Fernando Garavito este título, “País que duele”, porque lo necesito. Me cuadra al dedillo.
Siento que Colombia apenas sobreagúa, nada a lo perrito, traga agua. A los 20 años del asesinato de Galán muchas cosas continúan iguales o peores, aunque algunas jalonan procesos importantes. Pero la realidad es que el país se olvida de asuntos fundamentales: el hambre acorrala a muchas familas, la falta de oportunidades lleva a los jóvenes a la delincuencia, la guerra de nunca acabar se traga los presupuestos, la salud se ha vuelto un reclamo sordo en un desierto de tutelas, los desplazados desfallecen olvidados, los ejércitos de paras vuelven por sus fueros, las autoridades piensan en que la represión lo arreglará todo y el gobierno aplaca incendios que él mismo prende.
Apenas respiramos. Apenas sobrevivimos. Y en este panorama, los bancos son los únicos que sacan tajadas enjundiosas. Los otros poderosos se quejan y el emprendimiento apenas les alcanza para calcular su recuperación y el engorde de sus ingresos. La mayoría del país rebusca, se afana, come callado, es testigo de las injusticias y de la marcha pesada, solemne y dudosa de la justicia.
Galán reposa en una momoria colectiva resquebrajada, afectada por el promeserismo, asfixiada por la vida cotidiana de campo de concentración. Mientras tanto los políticos se apresuran a brillar sus palanganas, a desempolvar sus discursos falaces, a reinventar sus estrategias de venga vote y olvídese.


