Archivos mensuales: Septiembre 2009

Hoy hace 36 años los militares chilenos levantados en armas y siguiendo las órdenes histéricas del general Agusto Pinochet, atacaron el Palacio de la Moneda, en Santiago, y mataron al presidente Salvador Allende.

La oposición cerrada de los más conservadores, apoyados por los militares y con el guiño de la Embajada de E.U., no permitieron el ejercicio de un médico que había dedicado su vida a la política, bien conocido por sus ideas progresistas de corte marxista, pero profundamente democrático. Allende fue el primer presidente marxista electo en el mundo occidental. Y no pudieron, llenos de miedos, perdonarle ese título.

Las transmisiones de radio, las pocas imágenes de TV y las profusas fotos de la prensa, dieron cuenta de aquel ataque y de ese atentado contra un líder sereno y cuerdo y su gobierno en favor de los más pobres. Ese era el cuento.

Hoy, al parecer, tan solo en Chile recuerdan la fecha y rehacen la imagen de un hombre digno. Pero con seguridad, muchos latinoamericanos con suficiente edad lo tenemos aún fresco en la memoria.

Berlín se acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias a la Cordialidad. Buena esa por la ciudad que celebrará en noviembre los 20 años de la caída del muro. Del muro de la infamia.

Recuerdo perfectamente esa vez cuando subí las escaleras de una torrecilla de observación, en el lado occidental de la ciudad, al pié del muro, para ver aquello. Porque el muro no solo era tal sino que estaba complementado, del lado oriental, con una calle ancha y repleta de obstáculos y alambradas para que  ningún vehículo ni persona pudieran intentar siquiera atravesarla y alcanzar la libertad o la muerte.

Ese muro era no solo el símbolo de la guerra fría, como dicen los medios ahora. Era el símbolo de la crueldad y del miedo, de la vida convertida en cárcel obligada, del poder sacrosanto sobre la vida de la gente, sobre todo. Y era una división abominable de una ciudad hermosa y de miles de familias que sentían su vida partida, dirigida por dictaduras a nombre del pueblo y aceptadas por los “Aliados” en nombre de la libertad.

Me duele aún ese muro. Me duelen las muertes brutales de muchos que en su desesperación perdieron su vida allí. Y me molesta que se me hayan quedado con una piedra de ese muro que alguien me trajo años después desde Alemania. Ese pedazo de roca encementada -símbolo de opresión- que presté en Bogotá para una exposición.

Otros muros crecen obsesivamente hoy en otras partes del mundo para separar a las personas. Los del poder contra los desposeídos.

La sala penal del Tribunal Superior de Medellín, el juzgado 10 penal de Medellín, mas la juez Yamith Martínez Ruiz -quien acaba de tomar una decisión leguleya- serán los corresponsables del próximo crimen de Robert Alexander López, quien asesinó y descuartizó a la sicóloga Marjorie Kisner.

Con don Uribe caben todas las posibilidades. No hay por qué excluir ninguna. Incluso la de que no haya país cuando él decida abrir la boquita para decir que sí va.

Toque de queda. Tres palabras que nos alteran el pulso a los colombianos. Sobre todo a los anteriores a la Constitución del 91, cuando los gobiernos disponían a su antojo de esta medida arbitraria, represiva y abominable, para castigar los excesos de los civiles -a su criterio conveniente- o para aplacar los reclamos justos de los olvidados.

Toque de queda en Medellín para los menores de 18 años, en ciertos barrios y zonas, para alejarlos del vicio, del robo, del crimen. Pero sobre todo para mejorar las estadísticas que obligatoriamente la Policía presenta a sus jefes y estos a sus otros jefes y estos al presidente. Si las cifras mejoran, a su turno se fortalece la percepción de los ciudadanos sobre el trabajo de las autoridades y sobre la seguridad. La estadística por encima de la realidad. La sensación de bienestar sobre el desajuste de la vida cotidiana.

Toque de queda más allá de lo imaginado. La Policía quiere combatir la prostitución infantil en el centro de Medellín con el tal toque. Una funcionaria explicó en la TV local, sin el menor asomo de inquietud, que en consecuencia los y las menores no podrán entrar solos a los hoteluchos donde se prostituyen a manos de adultos sin escrúpulos.

Me da pena y risa. Me da vergüenza.