Berlín se acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias a la Cordialidad. Buena esa por la ciudad que celebrará en noviembre los 20 años de la caída del muro. Del muro de la infamia.

Recuerdo perfectamente esa vez cuando subí las escaleras de una torrecilla de observación, en el lado occidental de la ciudad, al pié del muro, para ver aquello. Porque el muro no solo era tal sino que estaba complementado, del lado oriental, con una calle ancha y repleta de obstáculos y alambradas para que  ningún vehículo ni persona pudieran intentar siquiera atravesarla y alcanzar la libertad o la muerte.

Ese muro era no solo el símbolo de la guerra fría, como dicen los medios ahora. Era el símbolo de la crueldad y del miedo, de la vida convertida en cárcel obligada, del poder sacrosanto sobre la vida de la gente, sobre todo. Y era una división abominable de una ciudad hermosa y de miles de familias que sentían su vida partida, dirigida por dictaduras a nombre del pueblo y aceptadas por los “Aliados” en nombre de la libertad.

Me duele aún ese muro. Me duelen las muertes brutales de muchos que en su desesperación perdieron su vida allí. Y me molesta que se me hayan quedado con una piedra de ese muro que alguien me trajo años después desde Alemania. Ese pedazo de roca encementada -símbolo de opresión- que presté en Bogotá para una exposición.

Otros muros crecen obsesivamente hoy en otras partes del mundo para separar a las personas. Los del poder contra los desposeídos.

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