Hoy hace 36 años los militares chilenos levantados en armas y siguiendo las órdenes histéricas del general Agusto Pinochet, atacaron el Palacio de la Moneda, en Santiago, y mataron al presidente Salvador Allende.
La oposición cerrada de los más conservadores, apoyados por los militares y con el guiño de la Embajada de E.U., no permitieron el ejercicio de un médico que había dedicado su vida a la política, bien conocido por sus ideas progresistas de corte marxista, pero profundamente democrático. Allende fue el primer presidente marxista electo en el mundo occidental. Y no pudieron, llenos de miedos, perdonarle ese título.
Las transmisiones de radio, las pocas imágenes de TV y las profusas fotos de la prensa, dieron cuenta de aquel ataque y de ese atentado contra un líder sereno y cuerdo y su gobierno en favor de los más pobres. Ese era el cuento.
Hoy, al parecer, tan solo en Chile recuerdan la fecha y rehacen la imagen de un hombre digno. Pero con seguridad, muchos latinoamericanos con suficiente edad lo tenemos aún fresco en la memoria.


